Mabel Kayayan, su vida en Fresno, Estados Unidos (1ª entrega)
Los que se van del país pasan por distintos estados emocionales. Unos extrañan más, sueñan con volver, algunos pueden hacerlo, otros, por afectos, por otras circunstancias o porque se acostumbran, deciden quedarse. La vida de Mabel Kayayan, hija de nuestro querido fotógrafo Juancito Kayayan, no ha sido fácil por diferentes circunstancias, pero fundamentalmente por el desprendimiento que experimentó cuando se radicó en Fresno, Estados Unidos.
Hace aproximadamente un mes atrás, cuando vino a Gualeguay para visitar familiares y reencontrarse con amigas, estuvimos con ella. Es una mujer elegante, con muchos deseos de hablar, orgullosa de sus hijos y con una historia de vida que resumiremos en algunas entregas.Mabel Kayayan Sheklian: "-Nosotros éramos 9 hermanos, 5 mujeres y 4 varones. Mi padre se escapó de la guerra, del genocidio armenio, y se fue a Francia. Muchos de sus familiares se marcharon luego a Estados Unidos. Él se vino a Argentina; hablaba muy poquito el español y en el campo conoció a mi mamá. Hay una enseñanza que papá nos inculcó desde chiquitos, la integridad. Nos decía: "Cuando yo muera en el banco no van a encontrar plata, pero les voy a dejar integridad". Él era muy honesto, una de las razones por las cuales esta ciudad lo acogió bien, de la misma forma en que me recibieron a mí en Estados Unidos. Siempre nos decía que a la Argentina, a Gualeguay, lo quería mucho, porque la gente lo quería a él. Aparte era muy buen fotógrafo, era un verdadero artista. A mis hermanos que trabajaban con él les exigía responsabilidad, nunca excusas; debíamos "tener palabra". Creo que comenzó a ser fotógrafo cuando llegó a Buenos Aires y se reunía con otros armenios que se congregaban en una plaza siempre buscando una forma de trabajar con total honestidad.En cuanto a mi vida, estudié en la Escuela Normal, terminé el secundario, me recibí de maestra y me marché a Buenos Aires porque quería ser psicóloga; vivía con una hermana. Al poco tiempo fui a la casa de una señora armenia y conocí a quien fue mi esposo, también armenio. Se había ido a Estado Unidos en 1962 con un tío que tenía allá. En el año ´73 vino a Buenos Aires a visitar a la familia y faltando pocos días para irse nuevamente, nos conocimos. Se enamoró de mí ahí, en la casa de esa vecina de mi hermana y en una semana nos casamos. No me pude ir a Estados Unidos con él porque no tenía la visa, así que recién al año siguiente, en el `74 me marché a Fresno, California, como inmigrante, ya que la ciudadanía la otorgan después de 5 años de permanencia.Fresno tiene unos 600 mil habitantes; estamos ubicados entre San Francisco y Los Ángeles. Es una ciudad grande y rodeada de mucho campo. Es una zona que produce mucha fruta y verdura; todo está sembrado, muchos viñedos, naranjos, almendros, pistachos, ciruelas, arándanos, entre otras. Los que trabajan en los campos son los ilegales que llegan de México. Desde ahí se envía a todo el país y también se exporta.En Fresno está la California State University donde se pueden cursar la mayoría de las carreras. Después está el Fresno City College donde muchos comienzan ahí porque no es tan costoso. También hay jóvenes que se va a Stanford donde están los más importantes genios de la medicina. Yo tenía deseos de seguir estudiando, pero quedé embarazada de mi hija mayor, Liza, y con un año de diferencia nació mi segundo hijo, Georgi. Cuando ya pude hablar más el inglés me sentí mejor, me comunicaba más, no soy para nada racista así que me abrazo a todo el mundo porque considero que todos somos hermanos. A pesar de tener ya dos hijos extrañaba mucho, sobre todo me sentía muy sola, mi esposo estaba todo el día trabajando fuera de casa. Para mí fue muy difícil el desprendimiento de la Argentina, puedo decir que durante años tuve ese sentimiento. Lloraba tanto que mi esposo me dijo que me viniera con los chicos, así que con los chiquititos vine a ver a mi familia argentina, me quedé 4 meses y no me quería volver. Cuando el avión partió de Buenos Aires sentía que me desgarraba. Me acuerdo que salía a la calle y compartía mi angustia con quien se cruzara, la gente me escuchaba, pero poco podían ayudarme. Los que no sufren el desprendimiento y la depresión, no entienden a los que la padecen. En medio de esa tristeza un día me sentí descompuesta, fui el médico quien me dijo que estaba embarazada, lo que menos pensaba, pero él prometió ayudarme. Es así que nació Alex; mi hija Liza me ayudaba a cuidarlo. Mi angustia era tan grande que no recordaba la infancia de mis hijos, como una gran laguna de olvido. Yo le pedí un milagro al Señor y Dios me abrió una puerta para que la gente me recibiera; empecé concurrir a las iglesias y mi pastor fue quien me dio una verdadera ayuda espiritual; la fe es mi gran ayuda. Con otras chicas hacemos un estudio bíblico y semanalmente nos reunimos en forma muy amena; son mis hermanas en la fe ya que nos confiamos todo, compartimos alegrías y tristezas, tratamos de ser mejor personas cada día."(continuará)
