Patricio Míguez Iñarra: Viaje al interior de Bahía, Brasil 1ª entrega
En el mes de julio pasado, Patricio Míguez Iñarra, junto con un amigo, viajó a Bahía, Brasil, donde tuvo oportunidad de estar en contacto y disfrutar a pleno de una naturaleza que atrapa por su vastedad, belleza y desafío que abre a cada paso. Y sin más introducción, dejémonos llevar por el relato y las ricas descripciones de Patricio que nos hacen vivir con intensidad esos paisajes.
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En marzo de este año, junto a Juan Pablo, un amigo, decidimos volar a Brasil para recorrer el Parque Nacional da Chapada Diamantina, ubicado en el estado de Bahía. Con mi novia, Lucía, habíamos estado allí durante el verano, apenas unos tres días, y acompañados por una lluvia incesante. A pesar de eso y de que muchas actividades del Parque se suspendían por el aumento del caudal de agua, pudimos disfrutar de algunos lugares mágicos, casi surrealistas. Por eso, al planear el viaje con Juan Pablo, el destino surgió muy rápido, porque a él le llamaron la atención algunas fotos y porque, en mi caso, estaba latente la intención de regresar para seguir conociendo. El 9 de julio ya estábamos en Salvador, capital de Bahía, y el 10, después de caminar por Pelourinho, centro histórico de la capital, lugar retratado en las obras de Jorge Amado, nos dirigimos hacia Palmeiras, una ciudad histórica de la Chapada (sucede que la Chapada Diamantina es un Parque Nacional de una gran extensión y hay muchos pueblos o ciudades que sirven para "hacer base" y, así, poder recorrer). Palmeiras es pequeña, con casas coloniales y tiene una tranquilidad que caracteriza a todos los pueblos de la zona. Nos quedamos, en total, dos noches y pudimos visitar, luego de tomar una "van", la Cachoeira da Fumaça por cima (Cascada da Fumaça por la cima), la segunda cachoeira más alta de Brasil, con una caída de 340 metros. Para llegar hasta allí, tuvimos que hacer un trekking que nos tomó tres horas de ida, porque había bastante subida, y dos horas y media de vuelta. El lugar es increíble, porque, además de tener una vista privilegiada de la cachoeira, se puede observar el verde del valle y uno, simplemente, contempla. Sentimos una mezcla de tranquilidad y adrenalina, porque realmente es mucha la altura y para ver la caída del agua es necesario asomarse por un precipicio. Después de todo eso, regresamos a Palmeiras. Al otro día, nos buscó Dmitri, el guía con quien habíamos acordado la caminata por el Vale do Pati, de cinco días y cuatro noches. Allá se publicita como el "trekking más bonito de Brasil". Fuimos en auto hasta Guiné y, desde ahí, comenzamos la caminata. El primer día fue bastante tranquilo: recorrimos, durante cuatro horas, una ínfima parte del valle, pasando por arroyos y pequeños ríos, para llegar a Igrejinha, refugio en el que pasamos las primeras dos noches. Al otro día, tuvimos que caminar, contando idea y vuelta, unas seis horas, para llegar al mirador del Cachoeirao por cima. Allí se pueden observar, durante la época de lluvia, que va desde noviembre a febrero, más de treinta cascadas y, también, la amplitud del valle. Las sierras plagadas de vegetación crean un marco de ensueño, propio de una novela de aventuras o de una película como Avatar. Aquí, al igual que en la Cachoeira da Fumaça, el vértigo se hace presente. El tercer día fue el más duro de todos. Tuvimos una subida de tres horas y media que nos llevó al mirador más hermoso del Vale do Pati (al menos, en el que nosotros pudimos estar): Morro do Castelo. Desde este punto, se hace imposible divisar el final del valle, aunque uno decida mirar hacia adelante, hacia atrás, a la derecha o a la izquierda. Uno se encuentra literalmente EN el corazón del Vale do Pati. El esfuerzo, porque el trayecto cansa, vale la pena. La vuelta hacia el nuevo refugio se hace larga (tres horas y media) y el cuerpo empieza a pasar factura. En el día cuatro visitamos dos cachoeiras más y, luego, emprendimos la marcha hacia el refugio en el que pasaríamos la última noche del trekking. Fueron otras siete horas de caminata. A la noche, repetimos un ritual que nos agradaba: llegar, tomar una cerveza, bañarnos con agua helada (no hay agua caliente porque se pernocta en casas de nativos) y comer y comer, porque había que recuperar energías. Finalmente, otra subida fue necesaria al comenzar el quinto y último día. De a poco, nos alejábamos del valle, rumbo a Andaraí, otra ciudad histórica de la Chapada, famosa por las minas que se crearon para buscar diamante (de ahí el nombre del Parque Nacional), y el sol nos consumía, porque la vegetación ya no era alta. Después de caminar seis horas llegamos a la ciudad y terminamos el trekking comiendo un helado artesanal (artesanal de verdad). Desde ahí, fuimos en auto, con Dmitri, hasta Igatú, un pueblo que no supera los 350 habitantes, para continuar recorriendo el Parque. Así se iba la primera parte de nuestro viaje.
