El entrerriano
El pueblo natal ofrecía alternativas para encontrar tanto el puchero como la vocación. Así, en las gambetas del destino deambuló por distintos oficios: dibujante desde gurí, artesano, consiguió laburo en un diario. Su madre había trabajado en una imprenta antigua conociendo el tablero de la imprenta de Gutenberg relacionada con pequeñas galeras de plomo y diagramar tarjetas, algún periódico y otros menesteres que la gráfica con letras de molde y tinta le ofrecía sobrevivencia.
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Recibido de la secundaria, tuvo su primer trabajo en la radio local como locutor e informativista. Allí conoció a compañeros avezados en el éter por su experiencia. La programación musical le ofreció un abanico de géneros desconocidos: tango, rock, además del folklore que formaba parte de sus escuchas infantiles y familiares.
Ya crecido como pibe de veinte y pico, en las nochecitas se escapaba al club a dos cuadras de su casa y allí conversaba con los parroquianos concurrentes, todos trabajadores de oficio: albañiles, carpinteros, plomeros, electricistas, en fin. Era como un “Juan Preguntón” queriendo saber de las rutinas y la vida de esos guerreros de la supervivencia.
Uno de esos habitués trabajaba la madera. Se las rebuscaba con su mano de obra arreglando muebles viejos. Conocía el oficio por su familia y ese era su pan cotidiano que regalaba en el boliche del club. La breve hacienda de la casa heredada por abuelos y padres comenzó un periplo de irse como el agua.
Una noche trajo una guitarra y quebró el truco y las ginebras tocando –bien pifiadas- unas piezas musicales. Tocó un valsecito intitulado “Lejos de Gualeguay” y un tanguito que fascinó al muchacho pues la presentó como “El entrerriano”. Al gurí curioso lo fascinó de tal manera que quiso saber –más allá de la belleza de la composición-, quién era el autor o el compositor. El hombre campechano le tiró bardo y le dijo que no importaban esos “rascatripas” de conservatorio si no la melodía, pues no sabía de quien era.
En noches subsiguientes, después de un truco y unas ginebras en el boliche, el joven lo llamó aparte preguntándole sobre el tango. Había averiguado escuetamente la historia de la composición antigua y el creador. El viejo músico y carpintero ratificó que nada sabía del tal señor, que lo único que él hacía era tocar ese tango que le gustaba.
Pero, entre los vahos de alcohol y unas barajas sin fortuna le confesó un sueño que tuvo: “Un cantor y una cantante de los que escuchaba en la radio me convocaban: esas figuras mayores querían venir al pueblo y que yo las acompañara con mi vieja “viola” y después que fuera a Buenos Aires para acompañarlos con unos tanguelis. Presionado por el convite me dije: si voy, tengo que tocar “El entrerriano” y me calcé el saco y el “funyi y un poncho con la bandera del Pancho”. Y ahí lo aprendí, como pude, soñando ir a Buenos Aires, ser músico exitoso y olvidarme de la cotidianidad del yugo.
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Nació en Buenos Aires en 1868, un afroargento que estudió piano motivado por su pasión recibiendo una herencia de su abuela que lo había criado y la dilapidó. Desde joven tocó en casas de bailes modestos y en prostíbulos clandestinos como “La vieja Eustaquia”, “La parda Adelina” y “María la Vasca” con clientelas de buena posición social. Las teclas negras del piano reflejaban su piel y la zurda estrepitosa y hábil lo distinguían como un músico singular.
Dicen que en 1897 estaba amenizando veladas en la casita de María Rangolla, “La vasca”, tratando de ganarse unas monedas como en todos los “piringundines” de esos días de posguerra de la Guerra contra el Paraguay y la Campaña al Desierto. Aquellos músicos eran más malabaristas que instrumentistas y bufones de la Edad Media, sobrevivientes empedernidos de conseguir algo de pan y puchero para calmar su pobreza diaria.
Las propinas eran su haber porque no había derechos de autor en aquella época. Se estilaba dedicar composiciones improvisadas con nombre y apellido para algunos concurrentes pudientes que celebraban la dedicatoria con un billete de cien pesos a los compositores que los habían homenajeado. Un bailarín del sucucho le sugirió al pianista que le dedicara su obra recién estrenada a un cliente, Ricardo Segovia, estanciero entrerriano que llegaba para tirar “manteca al techo” al ranchito y burdel de “la Vasca”. El hacendado se llevó el honor y el músico sus bolsillos llenos con los cien pesos.
Los registros dicen que la partitura de “El entrerriano” (circa 1897/98) es una de los primeros tangos impresos y fundacionales de la “guardia vieja”.
Anselmo Rosendo Cayetano Mendizábal, enfermo, casi ciego, postrado con parálisis y en la miseria falleció a los cuarenta y cinco años.
Al joven ya adulto le preguntaron por su investigación. Respondió que solamente era un curioso y lamentaba que no hubiera reconocimiento para esa fauna que deambula por los márgenes y pretéritos de la cultura popular. La academia prescinde del valor identitario, aun cuando los cimientos simbólicos de los pueblos la trascienden.
Rosendo no se fue como otros que no se han ido. Están aquí, todavía, acompañándonos con sus creaciones. ¿Serán eternos como Gilgamesh?