La blanca y la negra
Escuchó en varias oportunidades que algunas entidades pueblerinas, sobre todo clubes que reunían socios representativos de la alta sociedad, establecían la selección de aspirantes al ingreso con una particular manera –y por qué no discriminación- para ver quienes reunían las condiciones morales y alcurnia de los supuestos plebeyos pretendientes para ingresar.
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Los censores, terratenientes y otros con apellidos patricios de aquella histórica aldea, defendían celosamente su latifundio social ante las peticiones de un sector burgués en crecimiento. No resulta extraño y es casi lógico que comerciantes, habiendo conquistado dinero, comprando propiedades, algunas hectáreas lindantes se dedicaran al agro y la ganadería. Pero necesitaban algo más.
Ya habían colgado sus bombachas y alpargatas y vestían con traje, corbata o moñito para -con esa imagen- “pertenecer al establishment” de la época o habían reacondicionado su casa con más habitaciones, pieza de servicio para el personal doméstico, baños acordes al nuevo nivel de vida, olvidando el escusado al fondo del patio.
Pero no era tan fácil. El nuevo rico y pudiente –quien necesitaba la frutilla en el postre a su sacrificio y “buenaventuranza”- deseaba el reconocimiento del lugar de privilegio para sentirse que había conquistado un lugar en la sociedad pujante de la época, al igual que algunos portadores de falsa nobleza.
En las reuniones de los socios, se repartía un papel con los nombres de los aspirantes a fin de investigarlos para, después de una o dos semanas, el cónclave social decidiera. En las mesas se cuchicheaba: “¿Quiénes son estos?”. Otro decía “Los conozco.” Y empezaba la revisión curricular del o los solicitantes.
En los días siguientes, la “cofradía de sangre azul” -como monjes negros- recopilaba datos para así obtener una decisión argumentada sobre su futuro voto. Algunos visitaban el comercio del aspirante para conocer el negocio y su dueño, quién era, de donde venía, como había adquirido su fortuna, si era una persona culta y estaba asociado a la biblioteca, qué leía, si escuchaba música clásica y no esas populacheras como el tango y el folklore, propias de la “mersa” pueblerina.
En los posteriores encuentros se cruzaba la información que cada uno había obtenido para ampliar la referencia.
A los diez o quince días se ponía fecha y hora de la votación. A cada uno de los socios y a la Comisión Directiva le entregarían una bola blanca y otra negra para el escrutinio en votación secreta. La blanca significaba “aceptado” mientras la negra no permitiría el ingreso.
Mientras recordaba, pensó que aquello era práctica propia de estos lares, pero no. Investigando el asunto es muy antiguo.
Las logias masónicas pusieron en práctica este filtro que se esparció rápidamente por sociedades privadas. El "Régulateur du Maçon", publicado en Francia en 1801, establecía que antes de admitir a un aspirante había que investigar "no solamente su vida y costumbres", sino también "el temple de su carácter, la naturaleza de sus inclinaciones habituales, sus defectos" y, sobre todo, si tenía "algún vicio" que pudiera justificar su rechazo.
El sistema que usaban los masones para elegir a sus miembros se conocía como balota: una votación secreta mediante pequeñas bolas blancas y negras que alguna vez utilizaron las agrupaciones masculinas en Italia. Cuando los nuevos círculos de sociabilidad de varones comenzaron a organizarse en Europa, algunos replicaron directamente el sistema de ingreso masón.
Básicamente, uno de los miembros del club presentaba un candidato a los demás. Su nombre quedaba quince días expuesto en la entrada de la asociación y al final se votaba. Las bolas no permitían ninguna duda al manifestar la decisión, pues los votantes no podían abstenerse y fueron los británicos quienes llevaron el método hasta el extremo. Los clubland ingleses ejercieron el mecanismo en los sitios de élites masculinos de la época victoriana y en España sucedió lo mismo, de donde seguramente llegó en estas orillas.
El método era cambiante en sitios de la práctica: podían sumarse las blancas o las negras y de ahí surgía el veredicto, o en situaciones más extremas una sola bola negra desplazaba todas las blancas y no se admitía al pretendido ingresante.
Las secuelas de este régimen tan propio de aquella época, repercutía fuertemente en el aspirante que no había sido consensuado y era como una mancha social de desprecio y marginación de la élite a la que algunos –por diversas razones- querían pertenecer. Equivocados o no, todo el buen pasar económico de quienes creen que con dinero pueden obtener todo, a veces no sucede: una “hidalguía” sin alcurnia de apellido, color de piel, presencia, modales acordes a la “casta”, se veían como contaminación al círculo del poder cuasi inquisidor.
Una de las comisiones directivas en aquellas épocas, aplicaron la norma que los concurrentes jóvenes y adultos no podían ingresar con calzados impropios como zapatillas y ni hablar de alpargatas aunque fueran nuevas, además del buen vestir de habitués u ocasionales concurrentes al bar y comedor para resguardar la imagen glamorosa de la “society”.
Un sector social emergente fantasea con “pertenecer” a una supuesta matriz que no condice con el ámbito genuino y real de su origen. Se aspira a ser alguien que no se es y ahí se provocan los conflictos externos e internos, existenciales, hasta que alguna coyuntura les provoque, tal vez, la revelación de su útero social.
José “Pepe” Bogniato llegó a la villa con una mano atrás y otra adelante. Desde el ocaso del siglo diecinueve laburó durante años siete días a la semana de sol a sol, conquistó familia, hijos, ofreció trabajo y acuñó una pequeña fortuna. Fue un ejemplo de dedicación a las rutinas de su trabajo y buena persona, solidario, emprendedor, buen marido y mejor padre, en el trato un gentilhombre, amable, un criollo de ley y afable.
Su vida continuó entre menesteres y generosidades a la comunidad. Aunque sus huesos descansan en paz dentro de un lujoso panteón del cementerio, en el halo de sombra y silencio tras las exequias, sus restos conservan el sabor amargo de una bola negra.