Réquiem
La vida los había reunido en un séquito “intelectualoso” después de experiencias compartidas transformadas en amistad duradera. Intentó una clasificación arbitraria para identificarlos dentro del anonimato. Así aparecía “el profe Uno”, “el licenciado Dos”, “el falso galeno Tres” mientras se sumaban los catedráticos, filósofos, melómanos, artistas, poetas, escritores y artistas visuales a fin de salvaguardar las verdaderas identidades, todavía bajo el influjo de las persecuciones del poder militar.
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La cofradía deambulaba entre uno y otro pero sin tener una asamblea masónica en algún templo o domicilio fiable para la congregación, dadas las asperezas que se suscitaban entre la colonia de abejorros que confluían y generaban conflictos en la colmena a fin de alcanzar la abeja reina de la verdad con el vuelo nupcial de los zánganos para alcanzar el conocimiento.
Dijo que hacía unos días había recibido un mensaje de uno de los integrantes, tras el fallecimiento de un músico popular de la otra orilla pero profundamente arraigado en la cultura rioplatense. Se trataba del clasificado como “el doctor Cuatro”, memoria de elefante que recordaba situaciones y anécdotas que al receptor se le habían perdido en neuronas desprovistas de mortajas.
La misiva decía textualmente:
“No sé si recordáis cuando fuimos a la última convocatoria musical en 1988.
Entre tantos referentes de la música popular en estado asambleario permanente, el convite a ese músico conocido solo por una ‘elite’ rockera de fusión había sido bastante disruptiva. Si bien el afro-uruguayo siempre había sido un “jipi” absoluto en el manejo de su carrera, algunos ‘hits’ que habían trascendido al ámbito de escucha masiva no hacían del “Negro” el paradigma de la producción independiente como para cerrar el festival más ambicioso de la producción.
El festival fue gigantesco, cuatro días que tuvieron que amontonarse en tres por la lluvia del viernes. Como complemento, seminarios, charlas, ponencias de los iconos de la producción independiente, la grilla de artistas, movida gigantesca -todo lo que estaba emergiendo en aquel entonces castigado novel de cultura en democracia-, con anclaje en las siempre manoseadas raíces, para bien y para mal. Todas las tensiones centro-periféricas del pequeño nicho de la creciente música alternativa independiente.
Desde el “Zurdo” Martínez con su ética de resistencia al límite hasta el matrimonio Vitale, con Lito en pleno ascenso con su muy moderno cuarteto, pasando por el “Gordo” Avalos, los MPA del Chango Farías Gómez (con Peteco, Jacinto, el “Mono” y Verónica), Luis Borda, Raúl Carnota, Liliana Herrero, Jorge Fandermole, Lucho González, etc, armaron la grilla.
El receptor me amplió la cartelera: Juan Falú, Ramón Ayala, Aníbal Sampayo, Walter Heinze, Jorge Marziali, Antoñito Tarragó Ros, “Cuchi” Leguizamón, M.I.A. (Músicos Independientes Asociados con los Vitale y sus hijos Lito y Liliana), Alberto Muñoz, El Molino, Grupo Maíz, Rudy y Niní Flores, Trío Corradini-Campos y los anfitriones Magma entre tantos otros convocados en la patriada.
El tipo empezó a enredar el discurso. Respetuosamente lo seguí. Volvió a irse de viaje en un R12 con tres compañeros como había sucedido hacía mucho tiempo. Recordó las peripecias de una aventura para arribar a la capital provincial, los problemas del diafragma del automóvil por la alconafta que se había implementado como combustible, paradas accidentadas en la ruta 11, pedidos de auxilio en casas y boliches para continuar y llegar al destino.
Bastante perdido en ese delirio, le pregunté: “-¿Qué tiene que ver esto que me cuenta con lo que le envió su camarada?” Y respondió que él y sus cumpas fueron a participar del concierto multitudinario invitados por los organizadores, ante mi expresión asombrada.
El chofer fue “el doctor Cuatro” con el auto de su mamá junto al bajista, otro guitarrista y él –me dijo-. Pudieron llegar, participaron en el gran escenario. Culminado el concierto se desbandaron, cada uno por su lado y vaya a saber donde pasaron la noche.
Al otro día, de regreso, nos enteramos entre tres que uno de ellos se fue de joda, recaló en un banco de la plaza principal, se durmió hasta que llegaron las autoridades y lo rajaron. Sin saber adónde ir, volvió al departamento donde supuestamente descansaban sus compañeros pero no lo atendieron y se tiró a dormir en el R12 estacionado que tenía las puertas abiertas. El resultado fue que lo despertó la “cana” y lo llevaron a la comisaría para averiguación de antecedentes si era un marginal “ocupa” de autos.
De regreso, las dificultades técnicas del 12 se repitieron pero pudieron llegar sanos y salvos después de la recreada odisea.
Fue la tercera vez que habían sido invitados y los cielos diáfanos después del ’83 se iluminaban con canciones y manifiestos de democracia y libertad, luego de las sombras de la dictadura y los desaparecidos.
Las dos novedades –leía en la misiva- fueron la murga Falta y Resto (que iniciaría una comunión con el “Pelado”-uno de los convocantes de la movida- que continúa hasta nuestros días como luego con Raúl Barboza) y el polémico cierre a cargo del “Negro” Rada. Entre bambalinas, nuestros comandantes habían barajado hasta la posibilidad de Los Redonditos de Ricota vía los Vitale, estandarte absoluto ya entonces del rock de producción independiente y cuando cayó esa posibilidad cerraron con Rada.
El “Negro” no tenía ningún drama en venir por el modesto caché socialista implementado por “el Pelado”, por el cual cada acomodador, cada plomo, cada técnico cobraba exactamente lo mismo que cada uno de los músicos participantes sin distinción de cartel, pero manifestó que era imprescindible para él y sus músicos el pasaje aéreo y un alojamiento mínimo tres estrellas para esa noche, que sería la única que contara con su presencia, por lo que no iba a ser posible participar de las jornadas de ponencias y debates, indispensables para la construcción de la confraternidad independiente. Todo ese combo era poco menos que un atentado al espíritu del encuentro y de ahí todo un ‘run-run’ de mala onda: “¿Quién se cree que es este “Negro?”.
Lo cierto es que más o menos a las 23 de ese domingo de verano, la media luz del escenario en aprontes dejó vislumbrar el armado de un ‘backline’ de emergencia muy poco glamoroso: unas congas desvencijadas de ocasión, una batería multiforme que denotaba el mismo origen, un equipito de bajo, un Fender ‘twin’ de guitarra.
Se encendieron las luces y aparecieron tres músicos de leyenda: Osvaldo Fattorusso, “Beto” Satragni y Ricardo Lew. Detrás y con un cencerro en la mano, la imponente figura del chamán del Río de La Plata: Rubén Rada.
Lo que siguió fue algo parecido a un volcán y la multitud de psicobolches perdió la compostura y bailó como en el casamiento de un primo cuando sonaba un disco samba. Las gradas probaron su resistencia al salvajismo, mientras la élite de música popular argentina, absorta, miraba desde el costado con idéntica curiosidad lo que sucedía en el tablado y la locura de la tribuna. Inolvidable.
Confesó que creyó una fantasía de su amigo, pues había olvidado los sutiles detalles de su crónica compartida. Aun así, los fantasmas se pierden deambulando la memoria y vertiginosamente recordó la primera canción del “yorugua” que escuchó en la década del ’80: “Malísimo”, que lo hechizó.
La alegría, la belleza, su impronta vital dejó el repertorio de un gran artista quien será difícil olvidar por su obra prolífica, hermosa y claramente ícono de nuestra generación que la trascenderá por habernos representado, de una y otra manera.
“¿Quién va a cantar, quién va a soñar, quién va a tocar la melodía del amor? ¿Quién va a cantar, quién va a soñar, quién va a pedir para que no calle el cantor?