Oscurecer el triunfo final
Fuimos al mundial lleno de esperanzas, jugamos los siete partidos como tanto se esperaba, perdimos en la final pero con orgullo, profesionalismo y responsabilidad. Quizás este hubiera sido el lema y tema principal de la nota de hoy, pero lamentablemente no es así; la historia y hazaña da la selección fue opacada por un grupo de individuos que se apropiaron del festejo, transformándolo en vandalismo, agresiones y destrozos. Hoy los cuestionamientos no son tanto por quiénes, sino simplemente, porqué.
El pasado domingo, las calles de todo el país se llenaron de euforia y alegría, no, no habíamos ganado la copa del mundo, pero éramos subcampeones y festejábamos por eso; la situación demostraba como la pasión por el fútbol nos unía y como una misma camiseta y equipo nos hacía sentir un todo. En Buenos Aires, con su imponente Obelisco teñido de azul y blanco la historia parecía ser la misma que en todo el territorio nacional, pero de manera repentina, en medio de la monumental celebración, un grupo de personas, casual o causalmente, comenzó a desarrollar una batahola de destrozos, dejando atrás el júbilo y la felicidad, convirtiéndolo en un clima gris y de gran incertidumbre. Otra vez la discusión de siempre, si el problema era de la policía federal, o debía ocuparse el gobierno de la ciudad de Buenos Aires y su fuerza metropolitana. Pero más allá, de dichos cuestionamientos, creo que aquí encontramos un aspecto de base mucho más profundo, es el hecho del conflicto y la hostilidad como única solución a los problemas que vive la sociedad. Ya lo he dicho anteriormente, y muchos de ustedes lo saben, la situación que como país estamos transcurriendo no es la mejor ni la soñada por ningún mandatario, tanto oficialista como opositor, pero no por eso tenemos que alentar a la violencia o el enfrentamiento como remedio o salida. Al contrario, creo firmemente, que dichas actitudes no hacen más que empeorar la coyuntura, ya envuelta y llena de inseguridad y desasosiego. Es simplemente un acontecimiento de vandalismo, pensarán algunos, seguramente aquellos que dejaron en libertad a los 78 detenidos por los incidentes. Pero de esta manera, haciendo oído sordo y dejando que estas cosas nos pasen por un costado, es como la realidad se va agravando, hasta el punto de llegar a ser inmanejable. No es mi intención, y nunca lo será, ser exagerado, ni mucho menos extremista, sin embargo, hay momentos en que necesitamos decir basta; y es ahora, en donde la población debe unirse y evitar que este tipo de eventualidades sigan ocurriendo. Si buscamos entender cómo una celebración de dicha envergadura concluye en un suceso de golpes, corridas y estragos, sería imposible encontrar una respuesta certera y acertada, porque nadie sabe completamente qué pasa por la cabeza de esas personas en el momento de actuar como lo hicieron. Hoy fue la final del mundial, mañana será otro acontecimiento que convoque y encuentre a gran cantidad de personas, y en donde también, sufriremos estas desdichas. Es por eso, que me parece más que acertado ver a éste como un problema de educación, pero no aquella instrucción escolar, tan necesaria y en crecimiento, sino como una capacitación moral, ya que el ser gente no se enseña en ningún edificio, se aprende en familia y comunidad.Agustín Curuchet
