Las elecciones y la virtud de la prudencia
Se acercan los días de las elecciones, o mejor, ya están en marcha porque cada uno de los ciudadanos estamos eligiendo a quién votar…
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Y en el caso de que no lo estemos haciendo, tendríamos que interiorizarnos para no improvisar opciones: votar bien tiene que ver con el proyecto del bien común, con el de realizar la verdad. Hace un tiempo escuchaba a un conocido locutor radial y humorista que decía que para que se dé el bien común a través de dignos gobiernos es necesario: En primer lugar, que a los pueblos los gobiernen los mejores, es decir, quienes más preparados están para poner en práctica la prudencia, que es la gran virtud de los que tienen que dirigir comunidades.
En este sentido -agrego- es necesario, con términos del pensamiento griego, cierta “aristocracia”: ¿Qué quiere decir esto? Según la Real Academia, “en el mundo clásico, la aristocracia es la forma de gobierno según la cual el poder político es ejercido por los mejores”. En segundo lugar –decía este locutor-, los mejores deben llegar al gobierno gracias al consenso: y, en este sentido, es necesaria cierta forma de “democracia” que nos permita elegir a quienes le damos el poder de gestionar la cosa pública.
Es que a veces “los mejores” se auto-perciben como los únicos e irreemplazables y se eternizan en el poder transformándose en “clase privilegiada”, a lo cual se le llama “oligarquía”. Sintetizando, los mejores deben llegar gracias al consenso y no gracias a las distintas formas de violencia.
Pero hay un tercer aspecto que señalaba ese señor por la radio y es el siguiente: es necesario que tengamos un pueblo cada vez más sabio, un pueblo cada vez mejor. Con esto pensamos, por supuesto, en la educación; dicho lo cual me viene a la mente la propuesta del “Pacto Educativo Global” que propuso el papa y al que adhieren las comunidades católicas en nuestra patria con siete prioridades, a saber: la centralidad de la persona, el diálogo con las nuevas generaciones, la dignidad de la mujer, la familia, primera educadora, la opción por los vulnerables, otros modelos de economía y política, salvaguardar y cultivar nuestra Casa común.
Dije más arriba que la gran virtud de los gobernantes es la prudencia. En efecto, Aristóteles y Santo Tomás de Aquino decían que la prudencia no sólo trata de lo universal, sino que debe conocer también lo singular.
Existe un lema que afirma que la teoría sin la práctica es mera utopía; y que la práctica sin teoría es rutina. De este modo, el prudente es el que sabe aplicar los saberes universales a las cuestiones concretas teniendo en cuenta las circunstancias. Prudente no es el que -por ejemplo- por miedo a equivocarte nunca hace nada; ese es el temeroso y, por tanto, también imprudente.
El gobernante debe tener una razón, es decir, un proyecto (se le suele llamar plataforma); pero debe a su vez saber aplicar esa “causa ejemplar” (ese plan) en cada situación concreta para no volverse un sabio teórico que no “aterriza”, un “volado”, un utópico. Pero si un dirigente no tiene un plan, se transforma en un mero ejecutor pragmático que se deja llevar por aquello de que “siempre se hizo así” o por la moda momentánea.
Que el piadoso rece, que el sabio piense y que el prudente gobierne. ¡Ah! Y que el poeta cante canciones de gesta. ¡Ojo! Se necesitan sabios en las universidades y en el corazón de los pueblos para “darle letra” a los que nos gobiernen y, como se ha dicho, se necesitan comunidades de sabios que elijan y apoyen a los prudentes y que aprendan de la sabiduría de ayer, de hoy y de siempre. Y, sobre todo, se necesita la esperanza que –como dice un poeta francés- es la hermanita menor que lleva de la mano a las mayores: ellas son la fe y el amor.